Ignaz Philipp Semmelweis nació en Budapest el 1 de julio de 1818. Fue médico cirujano y obstetra del imperio austríaco. Fue el quinto de los diez hijos de una próspera familia de comerciantes de alimentos.

Comenzó estudiando derecho en la Universidad de Viena en 1837, pero en 1838 cambió a Medicina. Después de asistir a la demostración de una necropsia efectuada por el profesor Rokitnaski, inició sus estudios en medicina y obtuvo el doctorado en 1844. 

Tras intentar infructuosamente obtener un puesto como internista, en 1846 decidió especializarse en obstetricia y aceptó un puesto como médico ayudante en la Primera Clínica Obstétrica del Hospital Maternal de Viena. 

A mediados del siglo XIX, Viena era la capital mundial de la medicina. Sin embargo, en la Primera Clínica de Obstétrica del Hospital Maternal, donde Semmelweis comenzó su actividad profesional, se escondía un monstruo invisible: la "fiebre puerperal", que mataba hasta al 

30 % de las mujeres que daban a luz allí. Morían tras agonías indescriptibles, pocos días después del parto, con fiebres muy altas y dolores desgarradores.

 

En la Maternidad del Hospital de Viena funcionaban dos clínicas. En la Primera Clínica, la tasa de mortalidad por fiebre puerperal era aproximadamente de un 10 %, aunque presentaba amplias fluctuaciones. En la Segunda Clínica, la mortalidad era mucho más baja, inferior al 4 %. 

Este hecho era conocido fuera del hospital y, dado que la admisión en una u otra clínica se realizaba en días alternos, las mujeres intentaban ser admitidas en la Segunda Clínica debido a la mala reputación de la Primera Clínica. 

Semmelweis hace referencia a mujeres desesperadas que imploraban de rodillas no ser admitidas en la Primera Clínica. Algunas de ellas, preferían dar a luz en la calle, alegando que el parto había sido imprevisto y que habían dado a luz camino al hospital, porque ello les daba derecho a recibir beneficios por maternidad sin haber tenido que dar a luz en la clínica. 

Semmelweis estaba intrigado por el hecho de que la fiebre puerperal era infrecuente en las mujeres que daban a luz camino al hospital y no se explicaba cuál era el motivo por el que las mujeres que daban a luz fuera del hospital parecían estar protegidas frente a dicha fiebre. 

Asimismo, tampoco comprendía por qué las mujeres que daban a luz en la Primera Clínica sufrían una tasa de mortalidad mucho más alta que las que daban a luz en la Segunda Clínica, dado que en ambas se utilizaban los mismos procedimientos de asistencia. 

Entonces, Semmelweis comenzó un meticuloso proceso de eliminación de las posibles diferencias de procedimiento entre ambas clínicas, incluyendo las prácticas religiosas. La principal diferencia que encontró fue el tipo de personal que trabajaba en ellas.

En la Primera Clínica realizaban sus prácticas los estudiantes de medicina, junto con sus profesores, mientras que la Segunda Clínica estaba destinada, desde 1841, a la formación de matronas o parteras, quienes anteriormente eran estudiantes de medicina y también realizaban prácticas en ambas clínicas. 

Semmelweis descartó como causas del exceso de mortalidad en la Primera Clínica el hacinamiento, porque la Segunda Clínica estaba siempre más concurrida que la Primera Clínica, así como la influencia de las condiciones del climáticas, dado que éstas eran idénticas para ambas clínicas. 

A diferencia de sus colegas más veteranos, que consideraban la muerte de estas mujeres como "voluntad de la providencia" o culpa de "miasmas tóxicos en el aire", Semmelweis no podía dormir al escuchar los gritos de las madres durante la noche. 

La paradoja era macabra: estar en manos de los hombres más educados de Europa era más peligroso que dar a luz sin ellos.

Ignaz probó de todo. Consideró la posible influencia del miedo, la impresión que provocaban las frecuentes visitas del sacerdote, quien recorría las salas tocando una campanilla para administrar los últimos sacramentos, y las ofensas a la modestia de las pacientes causadas por los estudiantes varones, como posibles causas de la fiebre puerperal. Todas estas hipótesis fueron estudiadas por Semmelweis. 

A pesar de examinar cuidadosamente todas estas posibles causas de la diferencia de mortalidad entre ambas clínicas, Semmelweis fue incapaz de encontrar algo que la explicara.

En marzo de 1847 ocurrió un hecho decisivo para Semmelweis: la muerte de su amigo, el profesor Jacob Kolletschka, como consecuencia de un corte que este se produjo en un dedo, con el mismo bisturí con que estaba realizando una autopsia.

Al revisar el informe de la autopsia de su amigo Kolletschka, Semmelweis quedó paralizado al observar que las alteraciones patológicas producidas en sus órganos eran similares a las que se encontraban en las mujeres que fallecían de fiebre puerperal. Esto lo llevó a la conclusión de que la enfermedad que había provocado la muerte de Kolletschka era idéntica a la que causaba la muerte de tantas parturientas, por lo que propuso la existencia de una conexión entre la contaminación cadavérica y la fiebre puerperal. 

En aquellos años, las enfermedades eran atribuidas a muchas causas independientes. Cada caso era considerado único, de la misma manera que cada persona es única. Por el contrario, la hipótesis de Semmelweis fue que, en este caso, solo existía una causa: que los estudiantes y médicos transportaban partículas cadavéricas en sus manos, adquiridas durante las autopsias que habían realizado antes de examinar a las pacientes de la Primera Clínica. 

Semmelweis tuvo una revelación espeluznante al observar que los médicos y estudiantes comenzaban sus mañanas en la sala de disección, abriendo cadáveres putrefactos con las manos desnudas. 

En efecto, los exámenes a las parturientas eran realizados por los médicos y los practicantes después de lavarse las manos con agua y jabón, o incluso sin lavárselas. El olor a putrefacción persistía en sus manos, aún después de lavárselas. En esas condiciones, cruzaban el pasillo y las introducían en el cuerpo de las mujeres para examinar sus úteros o atender los partos.

Esto explicaba por qué las estudiantes que se formaban como matronas (actualmente obstetras), y que atendían a las parturientas en la Segunda Clínica, al no realizar autopsias, no tenían contacto con cadáveres, por tanto, no transportaban partículas cadavéricas en sus manos y, en consecuencia, no contaminaban a las pacientes. 

Semmelweis consideró que la fiebre puerperal, o fiebre del parto, se debía a un proceso contagioso, y que médicos y estudiantes estaban transportando la muerte desde los cadáveres hasta las madres. Sostuvo, además, que, su incidencia podía reducirse drásticamente mediante una técnica adecuada de lavado de manos, ya que estimaba que el simple lavado con agua y jabón no eliminaba completamente el olor a cadáver ni la contaminación que portaban en sus manos; por tanto, no se eliminaban las partículas cadavéricas. 

Debe tenerse en cuenta, al respecto, que la teoría de los gérmenes de Louis Pasteur aún no existía; por ende, nadie sabía qué eran las bacterias, a las que Semmelweis llamó en ese momento "partículas cadavéricas".

En consecuencia, en 1847, cuando trabajaba en la Primera Clínica Obstétrica del Hospital General de Viena, al observar que la mortalidad entre las pacientes hospitalizadas en la sala atendida por matronas, era más baja que en la sala atendida por médicos y estudiantes, propuso que médicos y estudiantes, luego de practicar necropsias, realizaran un cuidadoso lavado de manos, acompañado del uso de una solución de hipoclorito de calcio, antes de examinar a las parturientas.

Instaló un lavabo en la entrada de la clínica de maternidad y emitió una orden estricta: todo médico o estudiante debía lavarse las manos y cepillarse las uñas con una solución de hipoclorito de calcio antes de tocar a cualquier paciente.

El resultado fue extraordinario. En abril de 1847, la mortalidad era del 18.3 % y, para julio, tras implementar el lavado de manos, cayó al 1.2 %. Al año siguiente, hubo meses enteros en los que la mortalidad fue del 0 %. Ignaz Semmelweis había encontrado la forma de detener la masacre. 

Lo lógico sería pensar que Semmelweis hubiera sido alzado en hombros, aclamado, considerado el salvador de las madres y colmado de premios, pero nadie estaba preparado para lo que vino después.

La élite médica de Viena se ofendió profundamente. Los médicos eran considerados caballeros de la alta sociedad. La sugerencia de que las manos de un caballero pudieran estar sucias y, peor aún, que ellos fueran los causantes de miles de muertes era un insulto inaceptable. 

Su jefe, el Profesor Johann Klein, rechazó los datos empíricos de Semmelweis, argumentando que sus ideas eran extremistas.

Para entender por qué las observaciones de Semmelweis no fueran aceptadas por las autoridades médicas y científicas de su tiempo, se debe tener en cuenta que la teoría de las enfermedades estaba muy influida por la idea del desequilibrio de los cuatro humores básicos del cuerpo: sangre, bilis, linfa y flema, teoría conocida como discrasia, cuyo tratamiento principal era el sangrado. 

Los tratados de medicina enfatizaban que cada caso de enfermedad era único y el resultado de un desequilibrio personal, y que la principal dificultad de la profesión médica era establecer con exactitud la situación particular de cada paciente, caso por caso.

Los hallazgos de las autopsias realizadas a las mujeres fallecidas por fiebre puerperal también mostraban una gran variedad de signos físicos, que parecían indicar que la fiebre puerperal no era un único proceso, sino un conjunto de enfermedades diferentes que aún no habían sido identificadas. 

En consecuencia, el descubrimiento de Semmelweis, según el cual todos los casos de fiebre puerperal eran causados por la falta de higiene, fue inaceptable en aquella época.

Su descubrimiento también colisionaba con la teoría convencional de que las enfermedades se propagaban por el “aire malsano”, también conocido como “miasmas” o como “desfavorables influencias atmosférico-cósmico-terrestres”. Por ello, la idea fundamental de Semmelweis era contraria a todo el conocimiento médico establecido, lo que hizo que sus ideas fueran rechazadas por la comunidad médica. 

También intervino otro factor: algunos médicos se ofendieron ante la sugerencia de que debían lavarse las manos, pues consideraban que la condición de caballeros era incompatible con la idea de que sus manos pudieran estar sucias. 

Las ideas de Semmelweis parecían no tener base científica, pues no podía ofrecer una explicación razonable a su descubrimiento. 

Agitación política y despido del hospital de Viena

En 1848, una serie de tumultos se extendió por Europa y la agitación política resultante afectó a la carrera de Semmelweis. En Viena, el 13 de marzo de 1848, los estudiantes se manifestaron para reclamar mayores derechos civiles, juicios por jurado y libertad de expresión. 

Estas manifestaciones estaban dirigidas por estudiantes de medicina y jóvenes profesores de la universidad, junto con trabajadores de los suburbios. 

Dos días más tarde, en Hungría, las manifestaciones y revueltas dieron lugar a la Revolución Húngara de 1848 y a una guerra contra la monarquía de los Habsburgo, que reinaba en el Imperio austríaco. En Viena, las manifestaciones de marzo fueron seguidas por meses de intranquilidad. 

No hay constancia de que Semmelweis estuviese personalmente implicado en los acontecimientos de 1848. Sin embargo, algunos de sus compañeros fueron castigados por su participación activa en el movimiento independentista; por tanto, es probable que Semmelweis, por haber nacido en Hungría, simpatizase con la causa.

El jefe de Semmelweis, el profesor Johann Klein, era un austríaco conservador, probablemente incómodo con los movimientos independentistas y alarmado por la revolución de 1848 en el reino de los Habsburgo, por lo que desconfiaba de Semmelweis.

Cuando el contrato de Semmelweis estaba a punto de terminar, Carl Braun solicitó la plaza de ayudante en la Primera Clínica, posiblemente por invitación del propio Klein. Semmelweis y Braun fueron los únicos solicitantes del puesto.

La solicitud de Semmelweis para una prórroga de su contrato fue apoyada por Joseph von Skoda, Carl von Rokitansky y por la mayoría de los miembros de la Facultad de Medicina. Sin embargo, Klein escogió a Braun para el puesto y Semmelweis tuvo que dejar la clínica obstétrica cuando finalizó su contrato, el 20 de marzo de 1849.

El día en que finalizó su contrato, Semmelweis solicitó a las autoridades de Viena ser nombrado profesor de obstetricia. Ese cargo solo le otorgaba categoría docente, ya que era un profesor privado con acceso a algunas dependencias de la universidad. 

Al principio, y por oposición de Klein, la petición de Semmelweis no fue aceptada. Semmelweis volvió a solicitarla y, el 10 de octubre de 1850, dieciocho meses después, fue nombrado docente de obstetricia teórica. El nombramiento no le permitía acceder a cadáveres y limitaba su enseñanza al uso de maniquíes de cuero.

Unos días después de ser notificado su nombramiento, Semmelweis abandonó repentinamente Viena y regresó a Pest. Se marchó sin despedirse de sus amigos y compañeros, lo que probablemente los ofendió. Según su propio relato, dejó Viena porque era incapaz de soportar más frustraciones en su trato con el establishment médico de Viena. 

Vida de Semmelweis en Budapest

Debido a que años antes, soldados del imperio austríaco habían sofocado el movimiento independentista húngaro y ejecutado o encarcelado a sus líderes, Semmelweis, recién llegado de la Viena de los Habsburgo, no fue recibido calurosamente en Pest. El 20 de mayo de 1851 ocupó el cargo de médico jefe honorario de la sala de obstetricia del pequeño Hospital St. Rochus, en Pest, donde se desempeñó durante seis años, hasta junio de 1857.

En esa época, la fiebre puerperal era muy frecuente en este hospital. En una visita realizada en 1850, poco después de llegar a Pest, Semmelweis pudo ver a una paciente recién fallecida, otra agonizando y cuatro más gravemente enfermas de fiebre puerperal. 

Después de ocupar su cargo en 1851, Semmelweis aplicó su técnica del lavado desinfectante de manos y eliminó prácticamente la enfermedad. Entre 1851 y 1855, solo 8 pacientes de 933 partos fallecieron de fiebre puerperal.

A pesar de este impresionante resultado, las ideas de Semmelweis no fueron aceptadas por los obstetras de Budapest. El profesor de obstetricia de la Universidad de Pest, Ede Florian Birty, nunca aceptó el método de Semmelweis y continuó sosteniendo que la fiebre puerperal era causada por suciedad en el intestino y que, por ello, el tratamiento consistía en la administración de purgantes. 

Después de la muerte del profesor Birly en 1854, Semmelweis solicitó su puesto, al que también aspiraba Carl Braun, enemigo de Semmelweis y, como ya se ha indicado, sucesor de Johann Klein como asistente en Viena. 

Aunque Braun recibió más votos de sus colegas húngaros que Semmelweis, éste fue elegido por las autoridades austríacas, porque Braun no hablaba húngaro. Como profesor de obstetricia, Semmelweis instauró el lavado de manos con solución de hipoclorito en la Unidad Maternal de la Universidad de Pest, con resultados impresionantes.

Semmelweis rechazó una oferta para ocupar la cátedra de obstetricia en la Universidad de Zurich en 1857. Ese mismo año se casó con María Weidenhoffer, hija de un próspero comerciante de Pest y 19 años menor que el joven que él, con quien tuvo cinco hijos. Uno murió poco después de nacer, una hija falleció a los cuatro meses y otro hijo se suicidó a los veintitrés años. De las dos hijas restantes, una permaneció soltera y la otra se casó y tuvo descendencia. 

Lamentablemente, como se ha indicado, a pesar del éxito del procedimiento de desinfección de las manos propuesto por Semmelweis durante la atención de las parturientas en todas las funciones que desempeñó, las reacciones contrarias a su teoría le causaron problemas psíquicos y físicos que lo llevarían a un trágico desenlace.

Los médicos de esa época, por las causas ya señaladas, habían malinterpretado sus hallazgos. La reacción inicial frente a los hallazgos de Semmelweis fue considerar que no constituían ninguna novedad.

Semmelweis sostenía que toda materia en putrefacción era capaz de originar la fiebre puerperal. Además, fue el primer médico en describir la infección neonatal de transmisión vertical, al observar que, cuando una mujer moría de fiebre puerperal después del parto, sus recién nacidos a veces desarrollaban una fiebre de características similares y también fallecían. Concluyó que las partículas infecciosas cadavéricas habían sido trasmitidas de la madre al recién nacido. 

James Young Simpson no observaba diferencias entre las propuestas de Semmelweis y la idea sugerida por el médico británico Oliver Wendell Holmes en 1843, quien postulaba que la fiebre puerperal era una enfermedad contagiosa que se transmitía de persona infectada a otra. 

Se estima que toda esta controversia de opiniones pudo deberse, en parte, a que el trabajo de Semmelweis solo era conocido a través de informes escritos por su colegas y estudiantes. En este punto crucial, Semmelweis aún no había publicado nada. Estas y otras interpretaciones confusas continuaron oscureciendo su trabajo durante el resto de la centuria. 

La teoría de Semmelweis fue acogida más favorablemente en el Reino Unido, pero fue mal comprendida. Los británicos consideraban a Semmelweis un seguidor de la teoría del contagio. Un ejemplo típico fue William Taylor Smith, quien recalcó que Semmelweis había demostrado, de manera convincente, que las miasmas procedentes de la sala de disección provocaban la fiebre puerperal.

En 1856, el ayudante de Semmelweis, Josef Fleischer, publicó los buenos resultados del lavado de manos en las maternidades de St. Rochus y Pest en la revista Semanario Médico Vienes, pero el editor recalcó sarcásticamente que ya era hora de dejar de confundir al público con la teoría del lavado con hipoclorito de calcio. 

Uno de los primeros en responder a las comunicaciones difundidas en el Reino Unido sobre la teoría de Semmelweis fue James Young Simpson, quien escribió una hiriente carta en la que afirmaba que la literatura obstétrica británica debía de ser totalmente desconocida en Viena o que Semmelweis no se había enterado de que los británicos habían considerado durante largo tiempo la fiebre puerperal como una enfermedad contagiosa y habían empleado lavados con hipoclorito para protegerse de ella.

En 1858, Semmelweis publicó finalmente su trabajo, titulado La etiología de la fiebre puerperal. Dos años más tarde publicó un segundo artículo, La diferencia de opinión entre yo mismo y los médicos ingleses con respecto a la fiebre puerperal. 

En 1861, Semmelweis publicó su libro Etiología, concepto y profilaxis de la fiebre puerperal. En esta obra se quejaba de la lenta adopción de sus ideas, diciendo: “En la mayoría de las clases de medicina continúan las clases sobre la fiebre puerperal epidémica con referencias contra mis teorías”.

La literatura médica continuaba pletórica de informes sobre epidemias de fiebre puerperal y, en 1854, en Viena, 400 parturientas murieron de fiebre puerperal. En los textos de medicina, las recomendaciones formuladas por Semmelweis eran ignoradas o atacadas. La Facultad de Medicina de Würzburg otorgó un premio a una monografía escrita en 1859, en la que sus teorías eran rechazadas. 

En Berlín, el profesor de obstetricia Joseph Hermann Schmidt aprobó que los estudiantes de medicina tuvieran libre acceso al mortuorio, donde podían practicar mientras esperaban para atender los partos.

En un libro de texto, Carl Braun, sucesor de Semmelweis en la Primera Clínica, identificó 30 causas de fiebre puerperal y solo en el caso veintiocho citó como causa la infección cadavérica. 

Otras causas incluían la concepción y el embarazo, la uremia, la presión ejercida por los órganos adyacentes, el trauma emocional, los errores en la alimentación, los escalofríos o las influencias atmosféricas. Las consecuencias del punto de vista de Braun fueron claramente visibles en el aumento de la tasa de mortalidad durante la década de 1850.

El llamado “reflejo de Semmelweis” es una metáfora de la conducta humana caracterizada por el rechazo automático del conocimiento nuevo, por contradecir las normas, los principios y los paradigmas establecidos, lo que quedó demostrado en el comportamiento de sus contemporáneos. 

Para ellos, Semmelweis parecía estar volviendo a las teorías especulativas de décadas anteriores, las cuales resultaban repugnantes para sus contemporáneos positivistas. Los críticos de Semmelweis se consideraban a sí mismos positivistas; sin embargo, incluso el positivismo presentas dificultades al enfrentarse a teorías que parecen mágicas o supersticiosas, como la idea de que las partículas cadavéricas podían convertir a una persona en un cadáver por un simple contacto, sin conocerse el mecanismo causal.

En esa época, no se podía aceptar la idea de Semmelweis de que unas minúsculas partículas de materia orgánica en putrefacción pudieran causar todos los casos de fiebre puerperal, idea que, en ausencia del conocimiento de un mecanismo de replicación biológica, pudo haber sido considerada químicamente improbable. 

Ede Florián Birly, ya mencionado como predecesor de Semmelweis en la cátedra de obstetricia de la Universidad de Pest, nunca aceptó su teoría y continuó sosteniendo que la fiebre puerperal se debía a falta de limpieza del intestino. 

August Breisky, profesor de Obstetricia y Ginecología en Praga, rechazó inicialmente la obra de Semmelweis por considerarla ingenua y se refería a ella como “el Corán de la teoría puerperal”. Argumentaba que Semmelweis no había demostrado que la fiebre puerperal y la piemia, una infección purulenta caracterizada por la formación de numerosos abscesos en distintas partes del cuerpo, fueran idénticas, e insistía en que, además de la materia orgánica en putrefacción, debían considerarse otros factores en la etiología de la enfermedad. 

El profesor Carl Edward Marius Levy, jefe de la maternidad del hospital del hospital de Copenhague, fue un feroz crítico de las ideas de Semmelweis y tenía reservas acerca de la naturaleza inespecífica de las partículas cadavéricas, considerando que su cantidad era demasiado pequeña como para producir la enfermedad. 

Levy decía: “Si el Dr. Semmelweis hubiera limitado su opinión respecto de los cadáveres a los cuerpos puerperales, yo habría sido menos proclive a no considerarla… Y con el debido respeto a la limpieza de los estudiantes en Viena, parece improbable que suficiente materia o vapor pueda quedar atrapado bajo las uñas como para matar a un paciente”. 

Cabe destacar que Robert Koch, más tarde, utilizó precisamente este hecho para demostrar que el material infeccioso que contiene organismos vivos puede reproducirse en el cuerpo humano y que, dado que un veneno no puede actuar por mecanismos físicos o químicos, su acción debe ser biológica.

En un congreso de naturalistas y médicos alemanes, la mayoría de los ponentes rechazó las teorías de Semmelweis, incluido el célebre Rudolf Wirchow, la mayor autoridad científica de su época, lo que contribuyó a que la teoría de Semmelweis no fuera aceptada durante mucho tiempo. 

Sin embargo, Rudolf Wirchow, posteriormente, fue quien comenzó a desarrollar las disciplinas de la higiene y medicina social, consideradas los orígenes de la medicina preventiva actual. Asimismo, postuló la teoría de que toda célula proviene de otra célula y consideró a los organismos vivos como estructuras formadas por células. 

Recién en 1848, Claude Bernard descubre la primera enzima, la lipasa pancreática. Ese mismo año, comenzó a emplearse el éter para sedar a los pacientes antes de la cirugía y, hacia finales del siglo XIX, Louis Pasteur, Robert Koch y Joseph Lister demostraron inequívocamente la naturaleza etiológica de los procesos infecciosos.

Tal como se anticipó, toda esa conducta de sus colegas, que bien pudo haber sido rebatida con los descubrimientos realizados posteriormente por Pasteur, Lister, Koch y otros, pero que aún existían en la época en que Semmelweis desarrolló su labor, le produjo un profundo deterioro espiritual y físico. 

Indudablemente, el ver cómo miles de mujeres seguían muriendo innecesariamente en toda Europa y al tomar conocimiento de las críticas desfavorables sobre su libro, Semmelweis se volvió irascible, obsesivo y desesperado. 

Su comportamiento se volvió errático y se lanzó contra sus críticos en una serie de cartas abiertas dirigidas a varios importantes obstetras europeos, entre los que se encontraban Joseph Späth, profesor de obstetricia en Viena y director de la Segunda Clínica; Friederich Wilhem Scanzoni, profesor de obstetricia en la Universidad de Würzburg, Alemania; Edward Caspar Jacob von Siebold, profesor de ginecología en las universidades de Berlín, Marburgo y Göttingen. 

Estas cartas estaban llenas de amargura, desesperación y furia. Eran muy polémicas y, en ocasiones, fuertemente ofensivas, ya que denunciaban a sus críticos como asesinos irresponsables e ignorantes. Semmelweis recurrió a Siebold para organizar una conferencia sobre la fiebre puerperal, en la que él estaría presente hasta lograr convencer a todos de su teoría.

A comienzo de 1861, Semmelweis sufrió problemas nerviosos, depresión severa y fallos de memoria. Se envejecimiento se aceleró y, en cada conversación, volvía al tema de la fiebre puerperal.

A mediados de 1865, su comportamiento se volvió irritante y embarazoso para sus compañeros. También comenzó a beber sin moderación y a pasar más tiempo lejos de su familia. El 13 de julio de 1863, Semmelweis, junto con su familia, visitó a unos amigos y, durante esa visita, su comportamiento fue inapropiado.

La naturaleza exacta de la enfermedad de Semmelweis ha sido desconocida, Codell Carter, al realizar la biografía de Semmelweis, indica que no es posible conocer la naturaleza exacta de su enfermedad. Podría haber sido un tipo de demencia asociada con un rápido declive de las facultades mentales y cambios de humor; también pudo haber sido sífilis terciaria, pues la sífilis era común entre los obstetras que examinaban miles de mujeres en instituciones benéficas, o podría haber sido un colapso emocional causado por exceso de trabajo y estrés. 

Sus contemporáneos, incluyendo su esposa, pensaron que estaba perdiendo la cabeza y, en 1865, casi veinte años después de su descubrimiento, Semmelweis fue examinado por un médico amigo. Al cabo de unos días, János Balassa, profesor de cirugía en la Universidad de Pest; János Wagner, internista de Pest y Janós Bókay suscribieron un informe para internar a Semmelweis en una institución mental.

No existe constancia de que estos médicos examinaran a Semmelweis antes de firmar la orden de internación. Ninguno de ellos era psiquiatra y tampoco hay constancia de que Semmelweis fuera examinado por un psiquiatra antes de que se decidiera su ingreso en una institución para enfermos mentales. 

Su amigo, Ferdinand Ritter von Hebra, lo convenció, mediante engaños, para visitar un nuevo instituto en Viena, pero, en realidad, la intención era internarlo en una institución para enfermos mentales ubicada en Lazarettgasse. 

Al llegar, al observar las características del lugar, Semmelweis sospechó lo que estaba ocurriendo. Trató de huir, pero fue fuertemente golpeado por varios guardias, quienes le colocaron una camisa de fuerza y lo encerraron en una celda oscura. 

Además del uso de la camisa de fuerza, el tratamiento en la institución mental incluyó duchas con agua fría y purgas con aceite de ricino, las enfermeras lo dejaban amarrado a su cama por horas; prueba de ello fueron las fracturas que presentó su cuerpo cuando fue exhumado posteriormente.

Semmelweis murió al cabo de dos semanas de su internamiento, el 13 de agosto de 1865, a la edad de 47 años, como consecuencia de una herida gangrenada, posiblemente causada por las palizas. La autopsia señaló como causas de la muerte la piemia y el envenenamiento de la sangre. 

Fue enterrado en el cementerio Schmelzer de Viena el 15 de agosto de 1865. Sólo unas pocas personas asistieron al funeral, al que tampoco asistió su esposa. En ese momento, nadie, ni en Viena ni en Budapest, quiso honrar el trabajo de Semmelweis. 

Breves noticias de su muerte aparecieron en revistas médicas de Viena y Budapest. Aunque las reglas de la asociación húngara de Médicos y Naturalistas especificaban la celebración de una sesión conmemorativa en honor de un miembro tras su fallecimiento, tal sesión no se celebró y su muerte no fue mencionada. 

Existen serias dudas sobre los acontecimientos que rodearon realmente la muerte de Semmelweis. Incluso parece que su historia clínica en la institución mental fue redactada después de su muerte y adolece de múltiples inconsistencias. 

Una teoría sostiene que todo fue una intriga para deshacerse de él, teniendo en cuenta que, para el momento de su muerte, tenía a casi toda la comunidad médica en contra, dado que no aceptaban que ellos fueran los causantes de la fiebre puerperal. 

János Diescher fue el sucesor de Semmelweis en la Clínica Maternal de la Universidad de Pest, lugar en el que, inmediatamente, la tasa de mortalidad se sextuplicó. Sin embargo, los médicos de Budapest no expresaron ninguna queja y no hubo investigaciones ni protestas. 

Los restos de Semmelweis, en 1891, fueron trasladados por su viuda al cementerio de Kerepesi, en Budapest y, en 1964, fueron trasladados nuevamente a los jardines de su casa, la que alberga hoy un museo histórico y una biblioteca en su honor. 

Sus contemporáneos, quienes se opusieron al conocimiento y a la evidencia presentada por Semmelweis e incluso lo ridiculizaron, terminaron siendo ignorados y en el ostracismo.

El legado de Semmelweis 

A finales de 1847 comenzaron a conocerse los resultados de Semmelweis en toda Europa. Había escrito cartas a los directores de varias maternidades importantes, en las que describía sus observaciones. Se considera que su teoría podría haber tenido una aceptación mucho mayor si hubiese sido capaz de comunicar su descubrimiento de manera más  efectiva y hubiera evitado la confrontación con el establishment médico.

Ferdinand von Hebra, editor de una importante revista médica austriaca, anunció el descubrimiento de Semmelweis en diciembre de 1847 y abril de 1848, a través de su revista. Hebra declaró que el trabajo de Semmelweis tenía una importancia similar a la introducción de la vacuna contra la viruela, desarrollada por Edward Jenner. 

A finales de 1848, uno de los antiguos estudiantes de Semmelweis escribió una conferencia en la que explicaba su trabajo. La conferencia fue presentada ante la Real Sociedad de Medicina y Cirugía de Londres y se publicó una reseña en la influyente revista médica The Lancet. Unos meses más tarde otro antiguo estudiante de Semmelweis publicó un artículo similar en una revista francesa.

Dado que la información acerca de la gran reducción de las tasas de mortalidad en Viena circuló por Europa, Semmelweis esperaba que su método de lavado con hipoclorito fuera ampliamente adoptado, lo que permitiría salvar miles de vidas. Sin embargo, lamentablemente, en el momento que se comunicaron los resultados de su estudio, sucedió todo lo contrario de lo que él esperaba. 

Su teoría fue aceptada años después de su muerte, cuando se conocieron los resultados de las investigaciones de Louis Pasteur, quien demostró que los gérmenes son los causantes de las infecciones y ofreció, de este modo, una explicación a los hallazgos de Semmelweis, considerado hoy, junto con Lister, uno de los pioneros de la antisepsia y de los procedimientos antisépticos. 

Semmelweis es conocido popularmente como el “salvador de las madres”, debido a que descubrió que la incidencia de la sepsis puerperal o fiebre puerperal, también conocida como “fiebre del parto”, podía disminuirse drásticamente mediante la desinfección de las manos de los médicos que atendían a las parturientas en las clínicas obstétricas. 

El consejo de Semmelweis sobre el lavado con hipoclorito de calcio fue mucho más influyente de lo que él consideró. Muchos médicos, particularmente en Alemania, fueron proclives a utilizar el procedimiento, pero prácticamente todos rechazaron su teoría básica de que la fiebre puerperal obedecía a una única causa: la falta de higiene. 

Durante 1848, Semmelweis amplió el alcance de su protocolo, incluyendo el concepto de que todo el instrumental que se pusiera en contacto con las pacientes durante el parto debía ser desinfectado con el hipoclorito de calcio, empleando sus estudios de las series de tasas de mortalidad para documentar su éxito en la eliminación de casi la totalidad de los casos de fiebre puerperal en las salas del hospital. 

Como anécdota de lo ocurrido por no haber tomado los recaudos a tiempo, cabe mencionar que el profesor Gustav Adolf Michaelis, director de la maternidad y de la escuela de matronas (actualmente obstetras) en Kiel, aceptó tardíamente las sugerencias de Semmelweis y se suicidó porque se sintió responsable de la muerte de su propia sobrina, a quien había examinado durante el parto sin haber seguido los consejos de Semmelweis. 

De esta manera, la historia de Semmelweis es frecuentemente utilizada en los cursos universitarios de contenido epidemiológico, para proporcionar un marco histórico sobre el tipo de conocimientos científicos que son necesarios. 

Otros legados de Semmelweis 

  • La Universidad Semmelweis, dedicada a la medicina y las ciencias de la salud, ubicada en Budapest, capital de Hungría, lleva su nombre.
  • El Museo Semmelweis de historia de la medicina está establecido en su antigua residencia en Budapest, Hungría.
  • El Semmelweis Klinik es un hospital para mujeres situado en Viena, capital de Austria. 
  • En Hungría se encuentra el hospital Semmelweis. 
  • En Miskolc, en 2008, Semmelweis fue seleccionado como motivo para una moneda conmemorativa emitida en Austria.
  • Cuando el mundo restringía las actividades debido a la pandemia provocada por el COVID-19, el 30 de marzo de 2020, Google recordó a Semmelweis y su técnica de lavado de manos. 

Antecedentes de la fiebre puerperal

El primer uso de la palabra “ginecología” figura en un texto escrito por el profesor Johann Peter Lotichius, de la Universidad de Rinteln, Alemania, en1630. El texto trataba sobre la naturaleza de la mujer y se tituló Gynaicologia. El cambio de acepción hacia el significado actual del término se produjo hacia 1730 y, finalmente, a principios del siglo XIX. 

Dentro de los estudios de la ginecología se comprende el conocimiento de la fiebre puerperal, que, a mediados del siglo XIX, tenía un desenlace fatal y provocaba la muerte de entre el 10% y el 35 % de las parturientas. 

Ante esta circunstancia, los médicos que atendían los partos en Europa se encontraban ante un grave problema que, de acuerdo con los conocimientos de ese momento, no sabían cómo solucionar o intentaban abordar mediante procedimientos inadecuados. 

A finales del siglo XVIII, comenzó a extenderse la hipótesis de las “miasmas” como causa de la sepsis puerperal. Sin embargo, fue a partir de 1795 cuando comenzaron a publicarse estudios que recomendaban medidas higiénicas, como el lavado de manos antes de atender nuevos partos, después de asistir a enfermas afectadas de fiebre puerperal. En estos estudios no se mencionaba la utilización de antisépticos para el lavado de manos ni para la desinfección del instrumental antes de utilizarlo. 

En 1773, Charles White, de Mánchester, escribió la obra Treatise on the Management of Pregnant and Lying-in Women, en la que recomendó, para combatir la fiebre puerperal, una limpieza extrema y buena ventilación.

Alexander Gordon, médico de Aberdeen, fue el primero que demostró la naturaleza contagiosa de la fiebre puerperal, transmitida por las manos de médicos y matronas.
En 1795, publicó su obra A Treatise of Epidemical Puerperal Fever of Aberdeen, en la que reconoció incluso la relación entre las epidemias de erisipela y fiebre puerperal y consideró que eran enfermedades simultáneas. 

L. J. Boër, antecesor de Klein como director de la Maternidad de Viena, comenzó a aplicar, en enero de 1823, normas similares a las indicadas por Gordon, consiguiendo reducir la mortalidad materna. Su sucesor, el doctor Klein, dejó de aplicar dichas normas, y la mortalidad aumentó de modo tal que una de cada tres mujeres atendidas durante el parto en esa maternidad moría tras el alumbramiento. 

En 1843, Oliver Wendell Holmes, médico de Estados Unidos, publicó The Contagiousness of puerperal fever, donde señalaba, en contra de la creencia popular, que la causa de la fiebre puerperal era el contagio entre las pacientes, transmitido por los médicos.  

En su obra, recomendaba expresamente que: “un médico dedicado a atender partos debe abstenerse de participar en necropsias de mujeres fallecidas por fiebre puerperal y, si lo hiciera, deberá lavarse cuidadosamente, cambiarse toda la ropa y esperar al menos 24 horas antes de atender un parto”. 

El estamento médico, no aceptó estas conclusiones, y los dos obstetras estadounidenses más importantes de la época, H.L. Hodge y C.D. Meigs, ridiculizaron, menospreciaron y rechazaron públicamente las teorías de Holmes sobre la contagiosidad de la fiebre puerperal.

Semmelweis, consciente de la gravedad del problema, publicó su obra seminal De la etiología, el concepto y la profilaxis de la fiebre puerperal en 1861, en la que describió su investigación y propuso medidas para controlar la fiebre puerperal. 

A pesar de varias publicaciones en las que difundía sus resultados y demostraba que el lavado profundo de las manos de los obstetras reducía significativamente la mortalidad por fiebre puerperal a menos del 1 %, las observaciones de Semmelweis entraban en conflicto con la opinión médica establecida en su tiempo y sus ideas fueron rechazadas. 

Algunos médicos se sintieron ultrajados por la sugerencia de que ellos eran responsables de la muerte de las embarazadas por no lavarse adecuadamente las manos antes de atender a sus pacientes. A ello se añadió que Semmelweis no fue capaz de proporcionar una explicación satisfactoria para sus propuestas.

La fiebre puerperal después de Semmelweis

Como se indicó, las ideas de Semmelweis sobre la transmisión de la fiebre puerperal por agentes externos durante las exploraciones y manipulaciones obstétricas fueron aceptadas solamente después de su muerte, cuando Louis Pasteur desarrolló la teoría de los gérmenes como causantes de las infecciones y Joseph Lister, siguiendo las investigaciones de Pasteur, implementó métodos de asepsia y antisepsia en cirugía. 

Los primeros estudios sobre el origen infeccioso de la fiebre puerperal y los microorganismos causantes fueron realizados poco antes de la muerte de Semmelweis, por Carl Mayerhofer, quien ocupó, entre 1862 a 1865, el puesto de asistente en la Primera Clínica de la Universidad de Viena, donde Semmelweis había instituido el lavado de manos con hipoclorito quince años antes. Mayerhofer ocupó el puesto de asistente del profesor Carl Braun, quien, como ya se mencionó, fue competidor de Semmelweis para la plaza de profesor en Pest y posteriormente sucedió al profesor Klein. 

Mayerhofer demostró experimentalmente, en animales, la transmisión de la sepsis puerperal por microorganismos procedentes de otros animales infectados. Sin embargo, como en el caso de Semmelweis, sus resultados no fueron aceptados por la comunidad médica de Viena y, tras enfrentarse abiertamente con Braun, dejó su puesto en la Clínica Maternal. 

Es interesante destacar que los primeros cultivos positivos fueron obtenidos por Pasteur en 1879, quien pudo aislar estreptococos a partir de sangre de una paciente con fiebre puerperal y de un recién nacido con sepsis neonatal. 

Los microorganismos causantes de la fiebre puerperal son diversos y, en general, la fiebre puerperal es una infección polimicrobiana en la que pueden participar estreptococos hemolíticos, como Streptococcus pyogenes o estreptococo del grupo A; bacilos gramnegativos facultativos, como Escherichia spp.; y anaerobios, como Clostridium spp. 

Como se ha indicado, la asociación entre la fiebre puerperal y la erisipela causada por estreptococos del grupo A ya fue descrita por Alexander Gordon a finales del siglo XVIII.

Hoy en día, el concepto “fiebre puerperal” no es aceptado como categoría diagnóstica, y es más común identificar los órganos y tejidos afectados por la infección.

Sirva este relato para comprender que, muchas veces, resulta más fácil proceder sin prestar atención a una realidad, ignorándola o ridiculizándola, que estudiarla; pero, inexorablemente, la realidad se impone. 

Sea para el doctor Semmelweis nuestro más grande homenaje a su inteligencia, que fuera ignorada por la consabida soberbia de la nobleza.